Te lo juro, ella estaba allí. Yo la vi con estos mismos ojos que ahora te miran a ti. Era ella sin ningún lugar a dudas.
Estaba en la estación de metro de Tribunal, en el andén, llevaba un abrigo negro, de esos elegantes que acostumbraba a ponerse,… elegante el abrigo, elegante la percha... tu también la conocías.
Ese cabello pelirrojo no permite confusión… ¡Cuántas veces me he deleitado en esa melena que enmarcaba una cara perfecta! Da igual el tiempo que ha pasado, te repito que era ella.
Además te digo que andaba como ella, subida a sus tacones y haciéndolos sonar al chocar contra los adoquines, con ese ritmo indolente y firme al mismo tiempo.
Qué a qué hora fue eso, pues mira, desde que dejé de trabajar no llevo reloj, pero debían ser las 8 de la tarde.
Sí. Si había bastante gente en el andén. No sé qué importancia tiene eso.
¿Qué qué hacía yo ahí?... ¿Para qué me lo preguntas si ya lo sabe?
Buscarla, buscarla como llevo haciéndolo los 7 años que han pasado desde que me llamó para decirme que salía de la oficina para venir a casa.
¿Qué nunca iba en metro? Ya lo sé, pero te digo que era ella. Estaba al otro lado del andén, yo estaba en el banco y la vi bajarse del tren, grité su nombre y se giró. ¿Qué más pruebas necesitas?
Sí, sí… hubo más gente que se giró al oírme gritar, pero eso no evita lo que te estoy diciendo, que he vuelto a verla después de 7 años.
No se paró no, quizás no me reconoció, he cambiado mucho en este tiempo… fue entonces cuando intenté saltar a las vías para cruzar al otro lado y abrazarla por fin.
No pude, un valiente me agarró gritando ¡este hombre quiere suicidarse! Intenté zafarme, pero no pude, vinieron varios en su ayuda, me inmovilizaron. Para cuando llegó la policía yo había dejado de resistirme.
Mario, no te he dado las gracias por sacarme de este hospital de locos, aquí no atendían a razones.
Amigo, la he encontrado y la he perdido por segunda vez.
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